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Cerdos
A María Cruz
En estos días tristes que están dejando de ser, cuando de la noche a la mañana vivimos pesadillas parecidas a las narradas en el Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, o La peste, de Albert Camus, cuando nuestra capacidad de movilización y de decidir se controló a niveles sólo imaginados por George Orwell en 1984 o por H.G. Wells en La guerra de los mundos, es conveniente no seguir la corriente fácil de descargar la culpa de la influenza humana en los cerdos y atacar la pandemia mediática del terror que de inmediato bautizó el flagelo A/H1N1 como gripe porcina.
Asociados siempre con la suciedad (algunos de los nombres que se dan a los cerdos son coche, cuchi, cerdo, cuino, marrano, cochino, gorrino, tocino, chancho, lechón, cebón, tunco, puerco, grasoso), los cerdos se hacen la higiene de distinta manera que los hombres, revolcándose en la tierra, y protegen su piel del sol con lodo y son más sensibles que mucha gente, más encantadores y, como dice Jovellanos, ningún otro animal da tanto al hombre.
Algunas personas dedicadas al arte han visto en los cerdos un objeto artístico. El actor George Clooney dormía al lado de Max, un cerdo que al morir tenía 18 años (el único que murió de viejo, pues, como sabemos, los cerdos son destazados desde temprana edad; los lechoncitos son muy apetecidos) y pesaba 130 kilos. «Max cubrió todas mis necesidades de cerdo y es insustituible», afirmó Clooney, consternado, en 2006. El actor británico nacionalizado irlandés Daniel Day-Lewis en La insoportable levedad del ser (1988) carga un buen rato de la película un cerdo entre sus brazos.
Adolfo Bioy Casares, por su parte, en El diario de la Guerra del Cerdo (1969) narra la aparición de bandas de jóvenes que quieren exterminar a los viejos, a los que llaman cerdos y acusan de sucios, reaccionarios, mezquinos, maniáticos y todas las degeneraciones que acompañan a la vejez. El movimiento empieza con agresiones aisladas y termina con asesinatos.
José Emilio Pacheco escribió el poema «Preguntas sobre los cerdos e imprecaciones de los mismos»: «¿Existe otro animal que nos dé tanto? (Jovellanos) ¿Por qué todos sus nombres son injurias?:/ Puerco marrano cerdo cochino chancho./ Viven de la inmundicia; comen, tragan/ (porque serán comidos y tragados).// De bruces y de hinojos roe el desprecio/ por su aspecto risible, su lujuria/ sus temores de obsceno propietario.// Nadie llora al morir más lastimero,/ interminablemente repitiendo:/ y pensar que para esto me cebaron./ Qué marranos qué cerdos qué cochinos». Éste y el terrible poema «Cerdo ante Dios», que jep incluyó en Fin de siglo y otros poemas, describen la realidad agobiante de un compañero del hombre que es el más parecido en su anatomía a la especie humana, aunque las cochinadas de ésta superan a las de los cerdos. Éstos sociabilizan de manera lúdica desde los tres meses de edad y tienen una capacidad orgásmica más potente y un sistema inmunológico superior. La medicina contemporánea hace trasplantes de válvulas cardiacas de cerdo en seres humanos e injerta su piel en quemaduras graves de éstos.
Gutierre Tibón se apiada de los cerdos: «¡Noble animal! No contento con dar al hombre desde su carne hasta sus cerdas, desde su piel hasta su manteca, inspira a los sabios inventos trascendentales. Sólo dos ejemplos: fue la cola del cochino la que inspiró al creador del tirabuzón, y, en los tiempos recientes, su hocico sugirió la forma de las máscaras contra los gases asfixiantes».
Es común oír que del cerdo sólo se desperdicia su llanto. La mirada de los cerdos es similar a la de los perros y los burros, tristísima. En Guatemala, a las personas enamoradas se les dice que traen mirada de chivo ahorcado o de coche, que es la manera como se le llama al cuchi en Sonora. También se dice que alguien está coche por alguien cuando está amartelado.
Homero, en el canto x de la Odisea, cuenta la historia de Circe, la poderosa hechicera que convirtió en cerdos a los hombres que atrajo con su bello canto a su palacio: «Les ofreció un plato de bienvenida hecho con harina, miel y queso, y les dio a cada uno una copa de vino. Pero el vino estaba mezclado con drogas que llevaban a quien lo bebía al olvido de su patria. Tan pronto como hubieron bebido, Circe los tocó con su varita y, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtieron todos ellos en cerdos, conservando, sin embargo, el pensamiento y el espíritu humanos. La hechicera los llevó entonces a sus pocilgas y les dio para comer bellotas, fabucos y otras cosas de las que suelen darse a los cerdos».
Sobre este pasaje, Gabriel Zaid compuso el poema «Circe»: «Mi patria está en tus ojos, mi deber en tus labios./ Pídeme lo que quieras menos que te abandone./ Si naufragué en tus playas, si tendido en tu arena/ soy un cerdo feliz, soy tuyo, más no importa./ Soy de este sol que eres, mi solar está en ti./ No quiero más corona que el laurel de tus brazos».
Blanca Varela empieza con los siguientes versos el poema «Canto villano», donde se puede la bajada a lo terrenal con la subida a lo celestial, en una metáfora del hambre: «y de pronto la vida/ en mi plato de pobre/ un magro trozo de celeste cerdo».
Mientras que el refrán dice que no hay que dar perlas a los cerdos, Jorge Luis Borges en «Fragmentos de un evangelio apócrifo», sentencia en el versículo 33: «Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los puercos; lo que importa es dar».
A la Diosa Blanca, según expone Robert Graves en el libro del mismo nombre, se le consagraba el cerdo. En Grecia, Démeter, la cerda hermana de Zeus, y diosa de la agricultura, sufrió el rapto de su hija Perséfone por el señor de los infiernos, Hades. Démeter se enfureció tanto que nada crecía en la tierra, hasta que pudo recuperar a su hija. Cuando Hades raptó a la diosa, el porquerizo Eubuleos se encontraba cerca de allí con su piara y fue devorado por los cerdos.
El cerdo fue domesticado hace cinco mil años, pero el consumo de su carne está prohibido en el cashrut judío y el halal musulmán por considerarlo un animal impuro. En Egipto, en mayo de 2009, estuvieron matando a todos los cerdos, en previsión de la llamada gripe porcina. Si fueran un poco más sensatos, hubieran empezado por quienes los contaminan.
En la Biblia se cuenta la historia de un hombre poseído por un espíritu impuro al que nadie podía sujetar, ni con grilletes ni cadenas. Vagaba día y noche entre los sepulcros y por la montaña pegando alaridos y golpeándose con piedras. Al verlo, Jesús ordenó que saliera del cuerpo del hombre el espíritu maligno; luego, le preguntó su nombre. Él respondió: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Al ver los espíritus impuros en la montaña una gran piara, suplicaron a Jesús que los enviara a los cerdos para entrar en ellos, deseo que les fue concedido. «Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara —unos dos mil animales— se precipitó al mar y se ahogó».
En la cultura china, el cerdo es fundamental en la alimentación del pueblo y es uno de los doce animales que aparecen en el Zodiaco chino. De la persona nacida en este signo, se dice, entre otras cosas, que es «un ser fuerte y valiente, pero no por eso es arrogante, muy por el contrario. Le caracteriza su simplicidad y franca ingenuidad y llevará a cabo lo que le toque en su destino con alegría y natural resignación. Será una de las personas más valiosas con la que nos podamos encontrar. [...] Bondadoso e inocente, no obstante tiene mucha suerte y nunca le faltará una fiel relación de amistad que esté dispuesta para acudir en su ayuda. Sin embargo, prefiere dar antes que pedir». Por el olfato tan desarrollado que tienen, se cuenta que los antiguos marineros llevaban un cerdo en las expediciones a regiones ignotas para localizar la tierra.
Pink Floyd cuestiona con «Pigs» muy duro a la Casa Blanca —ocupada hasta hace muy poco por un genocida; ojalá que el nuevo inquilino de tan terrorífica mansión dé muestras de cordura y no se resbale en el mismo chiquero—. El orizabeño Francisco Gabilondo Soler les puso sueños a los cerdos con «Los tres cochinitos». Con estos antecedentes culturales, los cerdos merecen más respeto. Recordemos que las mismas enfermedades que padecen los seres humanos las sufren ellos; la diferencia está en que nunca nos reclaman ni nos echan la culpa de sus desgracias. Por fortuna, no tienen medios de desinformación para aterrorizar al planeta.
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